En los últimos años, la Inteligencia Artificial (IA) ha emergido como una de las fuerzas transformadoras más poderosas de la era digital. Si bien su impacto ha sido significativo en campos como la medicina, la industria y las finanzas, es en el ámbito educativo donde sus posibilidades invitan a un debate particularmente profundo. Para los educadores, comprender cómo la IA podría reinventar las dinámicas de aprendizaje, ampliar la inclusión y reconfigurar el rol del docente no es solo una cuestión de innovación, sino de urgencia.

En este contexto, el pensador finlandés Ilkka Tuomi nos ofrece una mirada radical y provocadora sobre cómo la inteligencia artificial —más allá del enfoque técnico— puede rediseñar los fines y medios de la educación para construir un mundo más equitativo y sostenible.
Ilkka Tuomi es un pensador interdisciplinario con una carrera destacada en tecnología educativa, teoría del conocimiento y políticas de innovación. Con una sólida formación en ciencias cognitivas, ciencias de la computación y filosofía, Tuomi ha trabajado como investigador principal en instituciones como el Joint Research Centre (JRC) de la Comisión Europea y el Instituto para Estudios de Innovación en Finlandia. A lo largo de su carrera, Tuomi ha enfatizado la importancia de las ciencias humanas y sociales en la comprensión de fenómenos tecnológicos, alejándose del determinismo tecnológico que muchas veces domina el discurso en torno a la IA.
Su enfoque sobre la inteligencia artificial aplicada a la educación destaca por descentrarse de “lo técnico” para enfocarse en “lo social”: para Tuomi, la IA no debe ser concebida únicamente como una herramienta de eficiencia, sino como un vehículo para cuestionar y transformar los sistemas de poder, acceder a nuevas formas de conocimiento y redibujar nuestras nociones de inteligencia y aprendizaje.
Una de las contribuciones más significativas de Tuomi es su crítica al concepto tradicional de inteligencia. En lugar de restringirlo a capacidades individuales medibles, como ocurría con el coeficiente intelectual (IQ), Tuomi propone pensar la inteligencia como un proceso distribuido y situado. En este marco, la inteligencia artificial no debería buscar replicar una mente humana, sino ampliar los contextos sociales en los que emergen formas válidas de conocimiento.
Esto tiene implicancias directas en el diseño de entornos de aprendizaje. ¿Qué significa enseñar y aprender en un mundo donde las máquinas pueden generar contenido, evaluar exámenes y adaptar rutas de aprendizaje? La perspectiva de Tuomi nos invita a ver estos desarrollos no como sustitutos, sino como catalizadores para reorganizar la educación en torno a la creatividad, el pensamiento crítico y la colaboración humana.
Tuomi sostiene que uno de los grandes errores de las estrategias educativas actuales es planificar en función del pasado y no del futuro. A menudo, los currículos están diseñados para transferir conocimiento establecido, pero no preparan a los estudiantes para adaptarse a entornos cambiantes, inestables o incluso desconocidos. Según Tuomi, la inteligencia artificial nos fuerza a repensar lo que realmente significa “estar preparado” para el futuro.
En este sentido, él propone abandonar el enfoque centrado en la memorización de datos y apostar por competencias metacognitivas, como aprender a aprender, la toma de decisiones reflexiva y la capacidad de desenvolverse en entornos complejos. Promover habilidades del siglo XXI no es solo una moda, sino una necesidad urgente en un mundo donde el conocimiento está en constante evolución e incluso las profesiones tradicionales pueden desaparecer o transformarse radicalmente.
Uno de los grandes potenciales que Tuomi identifica en la inteligencia artificial es su capacidad para abordar estructuralmente las desigualdades educativas. Aunque reconoce los peligros de que la IA reproduzca sesgos y dinamismos de exclusión social si se la emplea sin reflexión, Tuomi defiende que, bien diseñada, la IA puede democratizar el acceso al conocimiento.
Por ejemplo, los sistemas basados en IA pueden ser entrenados no sólo con grandes volúmenes de información, sino también incorporando diversos contextos culturales, lingüísticos y sociales. De este modo, estudiantes de diferentes regiones del mundo pueden acceder a materiales adaptados a sus necesidades, lenguas y estilos de aprendizaje, derribando barreras históricas impuestas por un sistema educativo demasiado homogeneizado.
Aquí cobra especial relevancia el aprendizaje personalizado, en el cual la inteligencia artificial permite adaptar dinámicamente los desafíos propuestos a los intereses, niveles de comprensión y ritmos individuales de cada estudiante, promoviendo un ambiente más inclusivo y motivador.
Lejos de promover una visión en la que la IA sustituya a los docentes, Tuomi sostiene que esta tecnología debe empoderarlos. Al automatizar tareas repetitivas, como la corrección de exámenes o la gestión administrativa, los educadores pueden reorientar su tiempo hacia funciones de mayor valor humano: acompañar emocionalmente, guiar procesos de indagación, fomentar el pensamiento ético.
Esto implica una redefinición del rol docente como “facilitador de ecologías de aprendizaje”. Según Tuomi, los entornos del futuro no serán necesariamente aulas físicas ni sistemas jerárquicos verticales, sino redes distribuidas de aprendizaje donde el profesor se convierte en co-constructor de sentido junto a los estudiantes, mediando entre personas, herramientas digitales y comunidades de práctica.
Como buen pensador crítico, Ilkka Tuomi advierte sobre los riesgos del enfoque tecnocrático. Uno de sus conceptos clave es el de “solutionismo tecnológico”: la creencia de que todos los problemas sociales pueden resolverse mediante tecnología sin considerar los factores humanos, culturales o políticos que los sostienen.
En el ámbito educativo, esto se traduce en planes que implementan IA como si fuera una receta universal, sin adaptar estas herramientas a las realidades locales, sin considerar la formación docente necesaria o sin reflexionar sobre los objetivos educativos de fondo. Para evitar esto, Tuomi propone un enfoque que él denomina «tecnología reflexiva»: aquella que se adapta al usuario, al contexto y al propósito, en lugar de imponer un modelo cerrado.
La visión de Ilkka Tuomi sobre IA va más allá de lo escolar. Él sitúa el rol de la educación en el contexto amplio de los desafíos globales: cambio climático, desigualdad, crisis democrática, desinformación. Desde esta óptica, formar ciudadanía para la sostenibilidad es un imperativo ético, y las tecnologías —incluida la IA— deben estar subordinadas a este fin.
Así, la inteligencia artificial debería utilizarse para mapear problemáticas sociales, simular escenarios alternativos, apoyar la toma de decisiones colectiva basada en datos confiables y fomentar una pedagogía de la esperanza. La IA educativa, para Tuomi, no se justifica si no empodera a las comunidades para transformar el mundo en lugar de simplemente adaptarse a él.
En Europa, algunas iniciativas de transformación educativa han incorporado ideas inspiradas en el trabajo de Tuomi. Por ejemplo, el proyecto Futures of Education and Skills 2050 del Joint Research Centre, en el que él ha participado, propone escenarios educativos alternativos centrados en la equidad intergeneracional, la participación pública y las tecnologías al servicio del bien común.
Otras experiencias, como las plataformas de co-creación de contenidos basadas en IA en Finlandia y Países Bajos, han comenzado a articularse con comunidades locales, incluyendo voces de pueblos indígenas y jóvenes en situación de vulnerabilidad, en una línea coherente con el llamado de Tuomi a democratizar la producción de conocimiento e incluir epistemologías múltiples.
Ilkka Tuomi no ofrece respuestas simples ni soluciones empaquetadas. Su pensamiento abre más preguntas que certezas, y ese es quizás su mayor aporte. En lugar de aceptar pasivamente la llegada de la inteligencia artificial a la educación, sugiere que podemos (y debemos) moldear su desarrollo en función de valores profundamente humanos: equidad, empatía, sostenibilidad, justicia social.
En última instancia, Tuomi nos invita a pensar que las preguntas clave no son “¿qué puede hacer la IA por nosotros?”, sino “¿qué tipo de sociedad queremos construir y cómo la IA puede ayudarnos en ese camino?” En este giro, la educación no es un campo más de aplicación tecnológica, sino el lugar donde se decide el futuro mismo.